GATOPARDOS

Por , 5 septiembre 2011 16:22

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Tomando por título el de la novela original, escrita Giuseppe Tomasi di Lampedusa apenas cinco años atrás, Luchino Visconti dirigió la película El Gatopardo (Il gattopardo, 1963). La historia gira en torno a la figura, profunda y dominante de Don Fabrizio, Príncipe de Salina (magníficamente encarnado por un maduro Burt Lancaster), narrando la historia de su familia desde la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi (1860) y hasta su propia muerte (1910).  Un periodo de transformaciones, desde el Antiguo Régimen hasta el siglo XX, que el sabio Príncipe sabrá gestionar, manteniéndose a distancia de los cambios y adaptándose a ellos para perpetuar su influencia, sobreviviendo como el último de una clase decadente.

Para alejarse de los disturbios, la familia se refugia en su villa de campo. Hasta allí se desplaza el joven Tancredi (Alain Delon), el sobrino predilecto de Don Fabrizio, que simpatiza con el movimiento liberal de unificación y marcha a luchar con los camisas rojas. A su vuelta, surge el amor con Angelica, la bella hija del alcalde (Claudia Cardinale), un representante de la nueva clase burguesa dominante, tan rico como inculto.  Ambas familias acuerdan la unión, saliendo ambas así reforzadas (a pesar de que la muchacha no es del agrado de los Salina, aunque a Don Fabrizio le simpatiza, quizás con cierta envidia, la espontaneidad y salvaje belleza de su nueva sobrina).

A través de la fotografía exquisita de Giuseppe Rotunno, la profusa escenografía de Mario Garbuglia y el fastuoso vestuario realizado por Piero Tosi; Visconti narra, con gran atención al detalle y largas tomas que se mueven con delicadeza desde el plano corto al general y viceversa; esta historia de transición entre dos mundos, con un casting especialmente inspirado y un resultado realmente redondo (desde las escenas intimistas donde la dirección de actores es espléndida hasta las más generales donde se exhibe gran precisión en el manejo de coreografías). Especialmente brillantes son el plano secuencia de la batalla en Palermo (con multitud de extras en acción) y la larga escena de la fiesta final donde, con un diseño de producción brillantísimo, vemos a un gallardo, a pesar de precaria salud, Gatopardo –Burt Lancaster– ofreciendo su canto del cisne en un vals con Angelica (una pieza perdida de Verdi recuperada por el inefable Nino Rotta, quien compuso la encantadora música original de la película), como metáfora del relevo generacional y el cambio social venidero.  Conmovedora resulta entonces la contemplación en la biblioteca, por parte de Don Fabrizio, del cuadro de GreuzeLa morte del giusto” , intuyendo ya su propio final.

Pensaba yo esto mientras sigue candente el asunto de la reforma de la Constitución y confieso que no termino de asentar una opinión definida al respecto. Tal vez porque la forma de plantearse el asunto no esté clara, tal vez porque para todos son convulsos estos tiempos en los que unos toman decisiones drásticas (a grandes, males grandes remedios) y otros adoptan la técnica del avestruz (siempre que llueve, escampa).

Yo no tengo claro que sea necesario un referéndum, y me explico: por concepto pienso que todo cambio constitucional debería ir refrendado por una consulta popular pero no lo fueron los tocantes a la entrada a la Unión Europea o la sucesión a la Corona.  También pienso en lo que cuesta montar una campaña electoral (o “referendoral”) y que no estamos para dispendios (claro, que uno más…).  Aunque, como solución intermedia, no vería mal, por aquello del ahorro, que coincidiera con las elecciones; aunque ya saldrán los puristas a defender la singularidad e importancia de este hecho como para ponerlo de telonero en el concierto.

Por otra parte, dicen los sabios que la “Carta Magna” (qué bien sonaría el título si se consiguiera todo lo que ahí se pretende, al menos lo básico, lo de la igualdad y todo eso), es una verdad suprema que no puede ni rozarse, cuanto más cambiarse.  Yo digo que es texto muy bien armado que lo redactaron una serie de personas, muy doctas eso sí (pero personas), en una España que dista mucho de parecerse a la actual y que, si hay que cambiarla pues, con todo el cuidado y el consenso posibles, pues se cambia.

Y aquí llegamos al asunto del consenso: este amor de verano entre PSOE y PP.  Como todos los amores estivales, ha sido repentino y apasionado, tortuoso y exultante; y, presumiblemente, tan efervescente en su surgir como será en su final (recordemos que tenemos elecciones a la vuelta de la esquina).  En apenas quince días se ha llegado al acuerdo de cambiar el artículo 135 y poner techo a la deuda pública. ¿Pero por qué tanta prisa en introducir una reforma que va a ser efectiva en 2018? Ya puestos (desde mi ignorante lógica), podríamos aplicarla en uno o dos años, porque de aquí a 2018, todos calvos… Dicen que para transmitir confianza a los mercados y los inversores, cosas de economistas. Ya podían haber hecho más política mucho antes y haber consensuado otros muchos temas, en vez de tanta trinchera absurda, por el bien de todos.

Pero los chavales no consiguen la aprobación de la familia a su idilio, no consiguen el apoyo mayoritario del Congreso: los nacionalistas, que tanto han abogado por la gobernabilidad en otras ocasiones (cuando sacaban tajada, claro), ahora no quieren saber nada del tema y siguen, erre que erre, a lo suyo, a hablar de su libro: PNV, …que ya de paso, hablamos de la independencia política; y CiU, …que mi techo de gasto me lo pongo yo, o sea, de la independencia económica. Sencillamente ridículo.

Caso aparte es el de IU, que trata hábilmente de atraer para sí el terreno conquistado por el 15-M y pide el referéndum, como mal menor, aunque llena el discurso de profecías sobre recortes en gasto social. Pero ¡alma de cántaros!, si el primero que no quiere recorte social soy yo, ahora bien, ¡es que nos gastamos el dinero que no tenemos!. Por otro lado, bien es cierto que seguro, segurísimo, que podemos recortar gastos en otras cosas menos básicas (por ejemplo, el montón de cargos políticos altamente remunerados que hay en este país o la cantidad ingente de dineros que se emplean en programas de promoción de no sé qué o la insana costumbre que tienen nuestros dirigentes de gastarse el dinero que no tienen; todo ello a nuestra costa).

Decía el protagonista de El gatopardo, cuando rehúsa ser nombrado senador de la nueva Italia: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi (“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”).  Nuestros políticos, como un buen gatopardo, se adaptarán para que todo siga igual, para seguir administrando el poder y los dineros, para seguir alimentando a la camada, para no perder su privilegiada posición. Cuando toque ser amigos, lo serán y cuando toque vocear, gritarán.  Pero Sicilia (el pueblo, en clara metáfora), resignada, lo asumirá.

MAÑANA MÁS

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8 Responses to “GATOPARDOS”

  1. Alatriste dice:

    Muy bueno. Yo sí que tengo claro que si hay cambios hay que votarlos, aunque no esté seguro de lo que votaría.

    Pero vamos que los políticos, cuando hay recortes, los hacen en algo útil como por ejemplo la investigación y las universidades, mientras que, como bien comentas, ellos siguen alimentando a sus camadas.

  2. jpgalan dice:

    A Alatriste:
    Gracias por tu comentario. Me da miedo que nos contentemos sólo con eso, con que nos consulten de vez en cuando y, al fin y al cabo, elegir sobre un menú establecido y con pocas diferencias. ¿Para cuándo un bufé libre?

  3. Anónimo dice:

    Ánimo Juan!!!

  4. jpgalan dice:

    Gracias por tu anónimo comentaro

  5. carmen dice:

    HUY, ME PARECE QUE MI EXTENSO COMENTARIO NO PASÓ EL FILTRO DE LA MODERACIÓN ¿POR QUÉ SERÍA?

  6. jpgalan dice:

    A Carmen:
    Me temo que tu extenso comentario no ha tenido que sufrir filtro alguno, en todo caso mi desconsiderada tardanza en colgarlo. Gracias por tu reflexión que comparto totalmente.

  7. Anónimo dice:

    ¿De qué reflexión hablamos?, sólo veo un comentario de Carmen,…, me he perdido algo: 🙂

  8. jpgalan dice:

    Me refiero a la reflexión dejada por Carmen en el ‘post’ Maggie

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