LÁGRIMAS EN LA LLUVIA

Por , 30 enero 2014 2:59

Blade_Runner_italiano

Entre otros, aparte de dar nombre una novela con claroscuros o a un programa de televisión lamentable, la expresión “Lágrimas en la lluvia” es conocida por todo cinéfilo que se precie y constituye el clímax al final de una película que no puede dejar indiferente, por más que la veamos de la forma más plana y miope posible, a cualquiera no interesado por el cine ni la película.  Tan sólo ya esta escena justifica el resto de la película y, sin duda, llegado ese punto de la historia, nos empuja a pensar en lo trascendente o fatuo de nuestra existencia, en lo vano de muchos esfuerzos, en lo prescindible de muchas cosas y en lo imprescincible de algunas…

(…Si no es así mejor no seguir leyendo ni ver la película y pasar sin pensar. Si se quiere seguir leyendo sin haber visto la película, se advierte que pueden desvelarse algunos datos importantes de la trama).

Blade Runner es una versión bastante libre de la novela de ciencia ficción del inefable Philip K. Dick, `¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?` y constituye un maravilloso ejercicio artístico y psicológico que, aunque en principio, no fue muy bien recibido por público y crítica, es hoy un referente en la historia del cine, sin ninguna duda. Todo lo que gira en torno a esta cinta de 1982 (el título es un guiño a otro autor clásico de la ciencia ficción, William S. Burroughs) está lleno de controversia y cierto halo de un misterio casi místico: desde las dificultades de producción, la agria relación del director Ridley Scott con el productor Jerry Perenchio y los actores principales, a las diferentes versiones y ediciones aparecidas de la película, con distintos montajes que casi han dado lugar a varias películas diferenciadas y las distintas interpretaciones que el magnífico guion deja abiertas y que han dado lugar a gran cantidad de literatura al respecto. Muy recomendable es la edición 25º aniversario que compendia todas las versiones oficiales de la cinta, que merece la pena comparar.

Son de Philip K. Dick otras historias que también han acabado en películas, algunas de ellas también referentes del género, tales como Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990), Minority Report (Steven Spielberg), Paycheck (John Woo,2003) o Next (Lee Tamahori, 2007); pero definitvamente, Blade Runner no ha sido superada por ninguna otra de la familia.

En el libro original aparecen temas clásicos del género de ciencia ficción, desde Asimov hasta Arthur C. Clark, como el colapso de la naturaleza, el dominio de las corporaciones sobre la población, el escepticismo político y religioso, la vida artificial y la lucha entre el humano y la máquina. El guión de Hampton Fancher y David Webb Peoples, al que el propio Scott añadió bastante de su impronta, se ambienta dentro de toda esta opresiva atmósfera pero consigue ir más allá, creando una “película de género”, propiamente de varios géneros, que se entremezclan de forma sosegada en sucesivos niveles; dando lugar a una historia que se enriquece con cada visionado, de la que puede extraerse siempre una gota de jugo más.

Blade Runner es una película de ciencia ficción, eso es obvio, pero sin acción ni persecuciones trepidantes entre disparos láser. También, y sobre todo, es una cinta de cine negro: Ridley Scott, que venía de rodar Alien (otro clásico, de género dentro género) aúna con la gran capacidad que siempre le ha caracterizado (a pesar de algún batacazo) los puntos de apoyo necesarios para voltear la historia hacia una vertiente mucho más íntima y profunda de lo que Dick siquiera pudo pensar.

Un gran Harrison Ford aborda su primer papel protagonista dramático, después de Star Wars y En Busca del Arca Perdida, ¡nada menos!, dotando al personaje de una gran cantidad de registros que van evolucionando desde el hastío y el cinismfo, hasta la vulnerabilidad y la ternura (con esa pasmosa facilidad que tanto echamos en falta de este actor desde hace ya demasiados años). El agente Deckard es sacado del ostracismo para “retirar” a un grupo de androides Nexus 6, muy evolucionados, que han abandonado su puesto en una colonia exterior donde trabajan como esclavos, matando a sus guardias y han llegado a la Tierra, donde son una amenaza. En realidad han tomado conciencia de su existencia y buscan llegar hasta su creador para que los libere de un procedimiento de extinción programada. Sólo quieren vivir.

Una sencilla cuenta nos lleva a obtener que una persona que vive, aproximadamente ochenta años, vive unos 2.500 millones de segundos. Cada uno de esos instantes es genuino e irrepetible, y cada uno de ellos contiene, a su vez, un conjunto de elementos y matices tal que hace rozar el infinito las posibilidades que se derivan de la sucesión, más o menos, aleatoria de cada uno de ellos. Cada cual puede, a través de las más azarosas combinaciones, cambiar nuestras vidas y alterarlas para siempre.

Es tan grande todo este microuniverso que, si lo hacemos extensivo a los 7.000 millones de personas que pueblan el planeta, el sobrecogimiento parece inevitable. Sólo el no pensarlo, ya sea por desinterés, por incapacidad mental o emocional, por simple miedo, nos mantiene libres de la pesada losa que implica que todo eso, un día u otro, dejará de existir y “se perderá en el tiempo… como lágrimas en la lluvia”. La comparación es espeluznante.

La velocidad vertiginosa y creciente con que desarrollamos nuestro día a día, en comparación con la de nuestros mayores, nos coloca en una posición mucho más elevada pero también expuesta ante las solicitaciones de nuestro entorno: podemos viajar al otro extremo del mundo, conocer sus gentes y mezclar nuestras vidas con las de ellos; o no. Pero ello no evita que ellos irrumpan en la nuestra, sin ser invitados, como un tsunami, que puede arrastrarnos al fondo de nuestra alma, cuando sólo nos habíamos contentado con chapotear en la superficie de ese inmenso océano que no todos se atreven a bucear.

Eso sólo en lo tangible, por no hablar de lo virtual: tradicionalmente, a través de la literatura y, más recientemente, con el cine o la TV; hemos escapado de un diario de rutinas y vendas, de asunciones y decepciones, de escaparates y atrezzo, de ojos cerrados o, lo que es peor, entreabiertos.

Es reciente que la tecnología nos pone en la mano nuevas herramientas para hacer jirones nuestros ropajes, para carcomer nuestras muletas, para resquebrajar nuestros cimientos. ¿Se hace? Mayormente no, pero es posible ¡y tanto que lo es! Y si llega, es irreductible, imparable.  El pensamiento es así de poderoso, si se empeña en transformar nuestra realidad interior y periférica. Un simple `wasap`, garabateado durante unos segundos sobre una pantalla táctil, puede contener toda una vida. Miles de mensajes, millones de instantes, cada uno de ellos pueden dar por buena una vida o llegar a dinamitarla, provocar una cascada de emociones, una sucesión de preguntas, una multitud de dudas, un puñado de certezas… y, sin embargo, tan pronto se crean pueden borrarse como si nunca hubieran sido. Todos se pierden en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Entretanto, Deckard conoce a Rachel (una Sean Young de apenas 22 años que asume perfectamente la fría belleza y la ambigüedad requerida para su personaje), una androide de última generación que supera todos los tests para distinguir los “replicantes” de personas.  El detective va siguiendo las pistas que lo llevan a cada uno de los componentes del grupo replicante.  A la par de Deckard, vamos viendo en ellos distintos rasgos nos son propios a los humanos (furia, venganza, miedo, compasión…), destellos irracionales que no pueden desarrollar en teoría. Entonces ¿qué distingue la vida natural de la artificial? ¿dónde están los límites de la razón? ¿Pueden Deckard y Rachel, a pesar de las circunstancias en que se conocen, enamorarse? ¿establecemos lo que queremos o aquéllo que queremos define lo que somos? ¿en qué puntos de afinidad basamos los sentimientos de amistad, amor, respeto o lealtad? ¿son naturales o artficiales, esto inducidos? ¿nsoñamos que nos enamoramos? ¿hasta qué punto el amor nos separa de la realidad? ¿queremos despertar?… ¿Y qué es la vida sino una multitud de sensaciones efímeras, de inciertas certezas, de incertidumbres ciertas?

De ahí hasta la referida escena final (antes del epílogo que, de entre las dos versiones, yo prefiero el de final abierto del Director´s cut), sigue la trama con todos los elementos del mejor `noir`: el detective ajado y de métodos dudosos, la femme fatale misteriosa, el todopoderoso manipulador, los malos que no lo son tanto, las medias verdades y la doble moral, la justicia fuera de las normas, el fracaso y la pérdida… la vida.  El ritmo es lento (sí, ¿y qué?… ¿acaso no lo es en El Halcón Maltés, El Sueño Eterno o en La Noche se Mueve…?); la ambientación es perfecta (fotografía oscura, escenario siempre lluvioso, estética punk y manga, el diseño de producción impecable y la música de Vangelis, directamente imprescindible); así como el casting de secundarios.

En esta toma final, el androide Roy Batty desarrolla su irrepetible soliloquio. Éste parece ser una genial aportación del actor Rutger Hauer (que nunca podría ya desencasillarse de este personaje), quien modificó sus líneas de guión basándose, posiblemente, en un poema de Rimbaud, y sugirió el elemento de la paloma. El resultado así rodado, sencillamente, sublime.

(Para ver el video…)

Se llega entonces a otro nivel de entendimiento de la historia: ése filosófico y existencialista que lo ha ido impregnando todo a lo largo de la misma, casi sin darnos cuenta,  y que deviene en un desenlace que es lo que, además de lo ya comentado, hace de Blade Runner una historia espiritual y trascendente.  El sentido de la vida, la capacidad de darla o quitarla, la finitud del tiempo, la lucha contra lo preestablecido y la búsqueda de uno mismo a través del otro…. Todo lo que no se puede fijar ni predecir.

Con todo, la corriente masiva va en el sentido opuesto:  intentando perpetuarse, perdurar en el tiempo y en la memoria (de gente que ni te ha conocido).  Se construyen monumentos, se esculpen placas, se rotulan calles y plazas, se bautizan barcos, haciendas y hasta adosados, nos hipotecamos, nos fijamos a un lugar o a un grupo, nos aseguramos la casa, el coche y hasta el culo si nos lo pagaran, rasgamos cualquier tronco o piedra escribiendo “yo estuve aquí” (y si es con faltas de ortografía casi mejor)… nos agarramos a cualquier madero enmohecido que aparente flotar en la marejada con tal de no dar una sola brazada por nosotros mismos.

Entonces…  ¿tiene sentido el quedarse quieto, el no cuestionar ese presente en base a un pasado asumido y un futuro supuesto? Sí, porque lo contrario implica caminar descalzo, desnudo bajo el sol, jugar sin marcar las cartas, y eso acojona.  Parece más factible intentar no perder que ganar, tan sólo hay que dar plenos poderes al miedo para que maneje nuestras cuentas y entreabrir los ojos para verlo todo de un reconfortante gris difuso.

Más bien a menudo, sueño que vuelo, libre de la gravedad que nos asienta sobre una tierra que, paradójicamente no es tan firme (apenas un wasap bastaría…).   Siento que me alimentan todos esos pequeños instantes:  encuentros, palabras, paisajes, olores, sonidos, pulsiones… He visto cosas que no creeríais… aprendido a exprimir de esencia momentos, para producir otros mezclas, otros perfumes que hagan de cada soplo, único.  Trascender no más allá de lo posible: a lo que me roza, a quienes me abren los ojos, a quienes me miran con los suyos abiertos; en cada instante, hasta que el tiempo se los lleve, entretanto la lluvia funda mis lágrimas.

Se dice también en la película “LÁSTIMA QUE ELLA NO PUEDA VIVIR… PERO ¿QUIÉN VIVE?…”

Mientras, sea… Ese tiempo que nadie puede asegurarnos.

MAÑANA MÁS

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6 Responses to “LÁGRIMAS EN LA LLUVIA”

  1. eso no importa dice:

    “Pero ello no evita que ellos irrumpan en la nuestra, sin ser invitados, como un tsunami, que puede arrastrarnos al fondo de nuestra alma (…)”
    Gracias por volver a escribir

  2. jpgalan dice:

    A Eso no importa:
    Gracias a ti. Tu comentario (…)

  3. El cabrero dice:

    En definitiva y sin tanta paja: “quien nace lechón muere cochino”

  4. jpgalan dice:

    A El cabrero:
    Indiscutiblemente y, con paja o sin paja, el que nace cabrito ya sabemos todos como muere…
    Gracias por tu comentario

  5. eso no importa dice:

    Tears in Rain II, te atreverás con la segunda parte? Por aquí se te echa de menos.

  6. admin dice:

    A Eso no Importa: Gracias por tu comentario y tu apreciación. En estos momentos estoy trabajando en varios proyectos que (sólo) tal vez, incluyan retomar o redireccionar este blog. Sigamos en contacto.

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