EL SHOW DE TRUMAN

El Show de Truman (1998) presenta de manera original y brillante un universo de cartón piedra donde Truman Burbank (un sorprendente Jim Carrey que demuestra que es bastante más que un mal imitador de Jerry Lewis) desarrolla su vida, en un decorado gigante (que tiene hasta cielo y atmósfera artifial propios) y donde todos los que le rodean son actores, a la vista de medio mundo que le sigue en directo y 24 horas al día a través de la tele, mediante una infinidad de cámaras ocultas, devorando publicidad directa e indirecta, en lo que es un reality show llevado al paroxismo.
La película dirigida con gran habilidad por el experimentado Peter Weir (El Año que Vivimos Peligrosamente, El Club de los Poetas Muertos, Master and Commander…) a partir de un guión absolutamente sin desperdicio de Andrew Niccol (Gattaca, La Terminal…), plantea una trama de gran calado, con varios niveles (todos válidos) de interpretación que van desde lo más cómico hasta lo más profundamente trágico, poniendo sobre la mesa cuestiones sociales, morales y filosóficas que pueden dar lugar a un buen debate.
La televisión actual tiene bastante de la ideada por el productor del programa, Kristof (Ed Harris, como siempre bordándolo pero, por favor, que no vuelva a dirigir): Los programas donde vemos la vida de la gente abundan en todos los canales, la diferencia es que los actuantes saben que tienen cámaras delante (al menos Truman tenía una coartada). Desde los más antinaturales como Gran Hermano, El Bus, La Granja, La Isla y demás variantes hasta los naturistas Callejeros, Andaluces por el mundo o España directo, pasando por los “mamá quiero ser artista” de Operaciones Triunfo, Famas y otras yerbas; todo el mundo quiere tener delante un micro y una cámara que cuente a los demás lo que son capaces de hacer, en su vida cotidiana o sometidos a algún tipo de tortura específca.
Yo esta noche me vi obligado a ver el programita de Antena 3 (¡El Secreto!) sobre un arquitecto de lujo que se toma unas vacaciones de su vida glamorosa en Seaheaven y pasa cinco días en la vida real que llevan muchos mortales. A base de tanto anuncio por radio y TV, he sucumbido al marketing y he tenido que verlo: En cuanto me han nombrado trescientas doce veces la palabra “arquitecto”, he claudicado ante mi curiosidad.
Pues bien, nuestro “arquitecto de éxito” (lo repitieron hasta la saciedad) salió de su mansión de 1800 m2 en una urbanización exclusiva a las afueras de Madrid, aparcó su descapotable clásico y dejó su traje de corte italiano, para vivir unos días como voluntario social en diversas asociaciones que ayudan a enfermos de sida, personas mayores y gente sin techo. A los cuales, dicho sea de paso ,se trata en el programa con el mayor de los respetos, cosa que yo, aunque huelgue decirlo, suscribo.
No entiendo como este chaval se ha prestado a semejante circo. Yo creo que nuestro Truman ha ido medio engañado, pensando que iba a ir de excursión de turismo activo (como esos campamentos donde van los urbanitas para ver animales de verdad, cómo se ordeña una vaca, hacer jabón con sosa y manteca de cerdo o distinguir una seta comestible de una venenosa (eso sí, sudando y todo); que iba a dar una vuelta de tuerca más al rastrillo de Pitita Ridruejo y la Condesa de Romanones o pillar una nueva idea para venderle a los jeques de Dubai: una especie de parque temático de la desgracia para implantar en una isla con forma de corazón-corazón; para encontrarse con una realidad mucho más cruda y que le superó en el primer asalto. De esta forma nuestro Mr. Scrutch vive su propio Cuento de Navidad y, rescatando su conciencia enterrada en euros y petrodólares, termina sufriendo una metamorfosis que le despierta su vena benefactora y acaba repartiendo pisos y cheques a dos manos.
La cosa empezó bastante chunga: el colega hace un despliegue de medios increíbles enseñando su casa, dice que le agobia mucho ir a las obras y le fastidia que estén tan sucias, luego hace la maleta en su vestidor (creo que es donde se rodó el último anuncio de Heineken) mientras le comenta a su mujer que nunca ha viajado con tan poco equipaje (el trolly más grande que el que yo suelo llevar de viaje para una semana, pero de marca, claro está, no del Carrefour) y se cambia de ropa (se quita el traje y se pone su uniforme “sport casual”, de Boss y Lacoste, por supuesto). Sin embargo en cuanto se topa con la realidad se le va cambiando la cara (que al principio la tenía lisita y al final del programa ya le salen arrugas y todo): lo más gracioso es cuando lee en una tarjeta que le ha dejado el programa donde le comunican el dinero que le van dejar como dietas (tartamudea incapaz de creerse que debe vivir una semana con ¡45 euros!) y, para empezar con buen pie, va a una charcutería y pide un kilo de pechuga de pavo y otro de mortadela para hacerse unos bocatas para la cena (menos mal que entra en razón y “sólo” pide, finalmente, medio kilo de cada…).
No obstante el muchacho se muestra bastante sincero (no paran de saltársele las lágrimas) y parece que la experiencia le ha impactado profundamente. Esperemos que le dure. Desde luego valor ha tenido y eso no se lo quita nadie, más que muchos de nosotros, pero flaco favor ha hecho a los arquitectos que ya bastante mala prensa tenemos y, con la mala leche que se gastan por ahí, seguro que nadie se fija en el gesto solidario que este hombre ha tenido y se quedan con el cliché: un arquitecto es un tío amanerado y adinerado, con bastante sensibilidad y que vive fuera de la realidad (no teníamos ya suficiente con el chistecito del ingeniero y el decorador).
Podían haber cogido a un abogado, que alguno sentimental habrá …
MAÑANA MÁS
