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SILENCIO POR FAVOR

Por jpgalan, 16 Julio 2010 23:59

El_turista_accidental

En el día de ayer fue aprobada por el Ministerio de Industria la legislación que regirá sobre el desarrollo e implantación de la tecnología que permita a los pasajeros realizar llamadas telefónicas durante los vuelos comerciales. Desde este momento hasta que de hecho esto suceda pasarán meses o años, pero hemos abierto una puerta por donde, probablemente, veremos, una vez más, agredida nuestro descanso y la innecesariedad de saber de la vida del otro.
Ya, a base de volar mucho, voy superando (o mejor tolerando) el espacio y el tiempo de los vuelos, ya de por sí desasosegantes y claustrofóbicos. Ahora pueden convertirse en irritantes y enloquecedores si, como ya sucede en trenes y autobuses, nos toca cerca un individuo que se empeña en contarnos su vida en alta y engolada voz, todo exhibicionismo y petulancia, en el mejor de los casos, cuando no burdamente, en la mayoría.

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ENEMIGOS PUBLICOS

Por jpgalan, 23 Agosto 2009 22:18

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Recientemente, de nuevo, vuelven arquitectos a estar implicados en tramas de corrupción y presunta malversación de dinero público: el caso del Velódromo de Palma o Palma Arena ha saltado a los periódicos salpicando, entre varios cargos políticos de relevancia en el ayuntamiento de Palma de Mallorca, a los dos arquitectos directores de las obras quienes han debido depositar una millonaria fianza para cubrir los cargos que se le imputan. Las obras, según parece, acabaron siendo ejecutadas por una cantidad que oscila entre el doble y el triple de lo inicialmente aprobado (digo “oscila” ya que entre el montón de facturas contradictorias y otras tantas que no aparecen, aún ni se sabe por cuánto ha salido el pabellón de marras).
Los jueces decidirán hasta dónde llegará esto pero, de momento, ya tenemos dos nuevas razones que apoyan esa leyenda urbana, para unos, y vergonzante realidad, para otros, de que los arquitectos somos todos unos especuladores y unos trincones, hábiles mediadores entre políticos corruptos y promotores corruptores. ¿Estoy diciendo que estos compañeros son culpables? Actualmente, no. ¿Estoy diciendo que detrás de cualquier caso de corrupción urbanística o edificatoria hay sistemáticamente algún arquitecto facilitador implicado? Rotundamente, sí: gracias a casos puntuales que nos ensucian a todos, los arquitectos nos hemos convertido en enemigos públicos, a los que hay que investigar y que no merecemos ni el beneficio de la duda.

Enemigos Públicos es la última película de Michael Mann, que acaba de estrenarse.  Se desarrolla a principios de los años 30 en plena Gran Depresión y describe la lucha de un naciente FBI contra bandas de crimen organizado, concretamente la de John Dillinger, con su aún joven director Edgar J. Hoover, quien estaría al frente de esta organización durante cuatro décadas llenas de claroscuros.
Empieza la cinta con una buena escena de fuga penitenciaria y, seguidamente, el robo a un banco, así en una prometedora primera media hora, pero desde aquí no hace más que desinflarse adoptando un tono facilón del que sólo se salvan la escena de la emboscada en el bosque y la escena del cine, donde el director hace un buen homenaje al cine clásico de gangsters, intercalando escenas de Manhattan Melodrama (en España se llamó precisamente El Enemigo Público Número Uno, dirigida por George Cukor y W. S. Van Dyke en 1934 y protagonizada por Clark Gable). De esta manera los personajes, salvando el principal de John Dillinger, se quedan en un simple esbozo y sus relaciones carecen de momentos de tensión:  Johnny Depp está todo el tiempo interpretándose a sí mismo con desgana, poniendo cara de guapo sinvergüenza (un mero comparsa al lado de truhanes míticos como Errol Flynn o el propio Clark Gable).  Por su parte Cristian Bale (El Imperio del Sol, American Psycho, El Maquinista, Batman El Caballero Oscuro…) y Marion Cotillard (Oscar a mejor actriz principal del pasado año por La Vie en Rose), en los respectivos papeles de agente de FBI Melvin Purvis tratando de cazar al ladrón y chica del gangster, intentan ponerle oficio pero la superficialidad y escaso tiempo de metraje de que gozan sus personajes se lo impiden. En los secundarios encontramos muchos actores conocidos, como Stephen Dorff o Giovani Ribisi, pero en personajes sin relevancia y totalmente prescindibles.
Aunque el diseño de producción es impecable y la música original de Elliot Goldenthal, combinada con clásicos del blues como Billie Holiday u Otis Taylor, crea un fondo perfecto; la fotografía de Dante Spinotti, tan oportuna en otros títulos con L.A. Confidential, resulta caótica y combina sin criterio alguno la fotografía clásica con la digital y moviendo la cámara excesivamente en las escenas de  acción, lo cual resulta mareante.
Mann y Spinotti han venido colaborando en todas las películas desde Hunter (1986), pasando por el ya clásico El Último Mohicano (1992) o la completísima Heat (1995, nadie fotografió mejor Los Angeles nocturno). Ya en El Dilema (en 1999, con Al Pacino y Russell Crowe) el duo Mann-Spinotti introdujeron valientemente la cámara digital pero limitándolo a las escenas en las que el personaje de Crowe duda, dotándolas de un toque casi onírico (inmediatamente copiado por los publicistas de los famosos anuncios de BMW). Más tarde, en Collateral (en 2004, con Tom Cruise y Jamie Foxx) emplean la fotografía digital en todo el metraje consiguiendo transmitir ese halo de irrealidad a la pesadilla que el personaje de Foxx (un taxista con mucho mundo interior y gran sentido del deber) sufre durante toda la noche al toparse por su trabajo con el frio asesino a sueldo  bien interpretado por Cruise.  En Enemigos Públicos resulta especialmente anárquica la aplicación de la técnica digital y los amarillos de los interminables destellos de las ametralladoras son cegadores.  Unicamente salvaría la escena final de la salida del cine, rodada a cámara lenta y con un gran resultado dramático.
En mi opinión la base del mal de esta desigual película parte del guión, que sólo nos deja alguna que otra frase brillante en los diálogos y desperdicia una buena historia.  Apenas se sale de la deprimente tónica general de un cine americano actual en franca crisis, donde remakes, secuelas y versiones de series de TV o de comics, acaparan la mayoría de las producciones. En realidad, si tuviéramos que decir de que va la película en tres palabras no sería posible porque la cinta no se define y esto no consigue taparlo ni con grandes estrellas ni con una producción muy lograda.
No obstante tampoco puede decirse de Enemigos Públicos que es una mala película, pero Michael Mann sabe hacerlo mucho mejor, su filmografía está llena de buenas películas con momentos memorables, y como muestra un botón, del mismo género:  en 1995, el propio Mann escribió y dirigió HEAT, otra cinta donde una banda de ladrones de bancos es perseguida por una unidad de la policía, ambos grupos dirigidos por expertos profesionales y viciosos de su trabajo (en detrimento de su vida personal), respectivamente interpretados en su línea más brillante por Robert de Niro y Al Pacino. En la película hay buena acción (la escena del tiroteo es impresionante) hay duelo de actores al más alto nivel, los personajes están bien definidos y tienen gran calado, tanto los principales, como un amplio elenco de secundarios, todos imprescindibles y perfectamente dramatizados (la mejor Ashley Judd, un gran Val Kilmer, un cínico mafioso Jon Voight, un  perro fiel rudo Tom Sizemore, la tierna Ann Brenneman o la insidiosa niña adulta Natalie Portman) y cada uno de ellos enriqueciendo la historia principal con otras secundarias pero no por ello menores. No es una película de suspense, no hay sorpresas, ya sabemos lo que va a pasar al final porque los personajes son fieles a si mismos y hacen lo que tienen que hacer, asumen su destino.

EL JUEGO DE HOLLYWOOD

Por jpgalan, 16 Junio 2009 2:23

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El Juego de Hollywood (The Player, en su título original) es una película que dirigió en 1.992 el no hace mucho desaparecido Robert Altman (M.A.S.H., Vidas Cruzadas, Gosford Park), en la que desarrolla una historia de cine dentro del cine: Tim Robbins (Cadena Perpetua, Mystic River, La Vida Secreta de las Palabras) llena la pantalla y monopoliza la cinta con su certera interpretación (recomiendo poner, un rato al menos, la versión original) dando vida a un cínico productor (memorable la escena en la que confiesa a su novia y compañera de oficina que ama a otra) al que se le ha apagado la estrella y que se ve envuelto en una serie de chantajes que desembocan en un homicidio accidental pero, lejos de achantarse, comienza a manipular su entorno para sacar tajada de cuanto le sucede y volver a la cumbre, cueste lo que cueste.  Numerosos cameos de estrellas de cine (la mayoría haciendo de sí mismos) y numerosas referencias y homenajes a los clásicos (el plano secuencia y el diálogo de la escena iniciales todo un tributo a Orson Welles) enriquecen esta mordaz crítica del showbusiness y el sistema de estudios y marketing de Hollywood.

Por aquella época yo estaba paseando mi carpeta tamaño A-2 por Reina Mercedes y comentaba, incluso hasta algunos años después, con un compañero más cinéfilo que yo, en plan de guasa y, a veces, casi en serio, que cuando acabáramos la carrera nos íbamos a meter en el “Juego de Hollywood”, ese en el que mucha gente, alguna del gremio, se mete pa forrarse a costa de lo que sea y por encima de quien sea, matando las buenas ideas y a aquéllos que las tienen, para robárselas o, simplemente, porque no se les había ocurrido a ellos antes.

 

Ayer el equipo de Los Angeles Lakers, después de siete años sin lograrlo, han conseguido su 15º Anillo de Campeones de la NBA (el hasta hace una década mal llamado rimbombantemente “campeonato del mundo”, por los americanos).  El equipo dirigido por el laureado Phil Jackson y capitaneado por Kobe Bryant y nuestro Pau Gasol, ha culminado así una brillante temporada.

Yo, que desde siempre preferí el baloncesto al fútbol (quizá por la rapidez del juego, la emoción de los minutos finales, la polivalencia y calidad atlética de los jugadores, el calado de los distintos planteamientos tácticos o la deportividad general dentro y fuera de la cancha; o tal vez, porque siempre fui bastante patoso y en el basket me defendía jugando ante mi incapacidad en la práctica futbolística); me aficioné pronto al juego que venía desde el otro lado del charco, bastante diferente entonces al que se practicaba en Europa y caí rendido ante el espectacular ´Show Time´ de los Lakers de los años 80.

El entrenador más elegante, Pat Riley, con su pelo perfectamente engominado y sus trajes italianos pero con su eterno chicle, dirigía desde la banda a un grupo de auténticos malabaristas del juego que desplegaban un abanico de registros aparentemente inagotable que los llevó a dominar casi toda la década en la que se hicieron con cinco títulos en ocho finales, enfrentándose en series míticas, sucesivamente, en especial a los Celtics de Boston de Larry Bird (un equipo que representaba todo lo contrario a los californianos: serios, serios, serios; un quinteto curiosamente con mayoría de jugadores blancos que practicaba un juego más bien lento, muy efectivo, con muy altos porcentajes de tiro y gran cohesión defensiva); luego vinieron los Detroit Pistons, los Bad Boys, con un juego bastante físico y algo tosco a veces, pero muy explosivo, que se colaron en el palmarés antes de la irrupción imparable de los Chicago Bulls del inigualable Michael Jordan, quienes dominaron ya la competición hasta que éste se hartó de ganar Anillos y se retiró para jugar al golf y al béisbol.

Pues bien, ¿quién no recuerda el Skyhook de Abdul Jabbar, los triples de Byron Scott, los rebotes del silencioso A.C. Green, las majestuosas canastas a la media vuelta desde el poste alto después de dos fintas al defensor del elegantísmo James Worthy…? Todo ello impensable sin la dirección del mejor creador de juego de todos los tiempos: MAGIC JOHNSON.  Un base de más de dos metros de altura capaz correr todo el campo, de ganar una final metiendo 40 puntos jugando de pívot por la lesión de Kareem, de dar pases increíbles mirando al tendido y de echarse el equipo a la espalda cada vez que la cosa se ponía fea.  Esos partidos con unos marcadores elevadísimos, con incesante sucesión de canastas y, por el contrario, también esa brillante defensa individual con falsas ayudas y traps en la esquinas, tan desconcertante para sus rivales (recordemos que en la NBA estaban prohibidas las defensas en zona).

Entretanto en la grada del Forum (ahora en el Staples Center) era frecuente ver a numerosas figuras del cine, como Michael Douglas, Denzel Washington, Danny de Vito, Dustin Hoffman, Demi Moore y otros tantos, con el fanático Jack Nicholson en primera fila; por lo que a los Lakers también se les llamó el equipo de las estrellas o de Hollywood.

Después vinieron los tres Anillos consecutivos de 2.000 a 2.002 con Shaquille O´Neil y Kobe Bryant, pero para mi ya no fue lo mismo.  Uno ya era más mayor y menos entusiasta.  Además también estaban las insufribles retransmisiones de los partidos del insufrible y ridículo histrión Andrés Montes (que me obligó a limitarme a ver la última serie de las finales de 2.002, y digo “ver”, literalmente, porque tuve que quitarle el sonido a la tele ante tanto comentario impertinente y onomatopeyas y chascarrillos y motes varios). Nada que ver con mi añorado Ramón Trecet.

Ahora tengo el aliciente extra de que nuestro Pau Gasol ha llegado a lo más alto de este deporte, formando parte también de este triunfo y yo, que de siempre he sido de los de oro y púrpura, tengo así doble orgullo.

Como mi amigo, ese es el único Juego de Hollywood al que he apuntado.

 

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